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6 de septiembre de 2000
Definitivamente, el clima es totalmente imprevisible en Groenlandia. Ayer, la lluvia
y el frío parecía que iban a durar siempre, y por ello no pensábamos hacer hoy apenas poco más que quedarnos a descansar
en casa; en cambio, amaneció despejando y con cielo azul intenso, lo que nos decidió a emprender una larga
exploración en zodiac con destino al glaciar Qaleragdlit, a 80 kilómetros, uno de los pocos puntos del sur de
Groenlandia en los que el hielo del inlandis sale directamente al mar.
Tras aprovisionarnos de combustible para tan prolongada singladura, navegamos casi sin parar
a excepción de una corta escala en Narsaq, a mitad de camino, y continuar rumbo suroeste por el fiordo de
Ikerssuaq, en el que nos desviamos al norte por uno de sus brazos, que es el que va a dar al frente glaciar del
inlandis. Las heladas horas de zodiac a temperaturas bajo cero por el viento se vieron compensadas por la
espectacular visión de la masa de hielo que caía desde la meseta del inlandis, a casi 500 metros de altura,
hasta el nivel del mar en dos brazos gigantescos formados por un caos de bloques que morían en el fiordo
llenándolo de icebergs y dándolo una característica textura y color al agua, fruto de la mezcla de dulce y salada.
Lo más impactante fue el notable descenso de temperatura del aire y su olor, a medida que nos acercábamos
con prudencia a las paredes del glaciar. En las ocasiones en las que deteníamos la zodiac para poder
fotografiar y grabar mejor el fantástico paisaje que nos rodeaba (Imagen 4), un impresionante silencio se adueñaba del
lugar, sólo roto por los chillidos de algunas gaviotas árticas y el ocasional desplome de trozos de hielo del
glaciar al mar o de rocas que rodaban por las laderas de las erosionadas montañas, y todo ello bajo la luz del
Sol del Ártico y una atmósfera helada, calmada y cristalina.
Hay que destacar que hace varias décadas el frente del glaciar era mucho más extenso que en
la actualidad, que ha retrocedido varios kilómetros, fenómeno fácil de apreciar en las orillas y paredes del
fiordo, que aparecían completamente derruidas y aplastadas por la presión del hielo cuando éste existía.
Los sentimientos que nos embargaban en este desolado lugar de una salvaje belleza eran muchos y variados,
destacando sobre todo la impotencia y el asombro ante la fuerza de la naturaleza en estado puro. El regreso de casi
tres horas en nuestra diminuta lancha a través de los fiordos no tuvo mayor trascendencia después de haber sido
testigos de una de las visiones más espectaculares de nuestra expedición. Y por último, reseñar que a la noche despejó
completamente, instalamos cámaras y telescopios, y acabamos una jornada para recordar bajo la luz de las
auroras hasta las 3 de la madrugada. (Imágenes 1, 2 y 3) ¿Había mejor manera?
Imagen 1.- Una tormenta de viento solar lanzada hace varios días, interacciona con las moléculas de oxígeno de la baja atmósfera terrestre, y crea la fantástica visión de una aurora de luz verdosa en el cielo de Groenlandia. Imagen 2.- Con los tonos rojizos, debidos a la excitación molecular del nitrógeno, claramente visibles, esta aurora que vimos sobre el horizonte occidental fue la más brillante de la noche. Imagen 3.- La constelación de la Osa Mayor hace de telón de fondo a una espectacular aurora de cortina.
Imagen 4.- La visión del cuarteado frente glaciar a pocos cientos de metros desde la zodiac se asemejaba a una muralla helada.
Autor diario: Ángel Gómez Roldán © Coyright 2000, Shelios® |